El arquitecto Javier Peña, fundador y director del festival Concéntrico, lleva años haciéndose una pregunta que parece sencilla: ¿para quién diseñamos las ciudades? La respuesta importa más de lo que creemos, porque el diseño de espacios públicos condiciona cómo nos movemos, cómo nos relacionamos y hasta cómo recordamos nuestra propia vida.
En esta conversación exploramos con él por qué el urbanismo a escala humana, la vida de barrio y la recuperación de los espacios comunes son las piezas que sostienen unas verdaderas ciudades para las personas. Y nos deja una idea muy clara: devolver la calle a la gente no es un capricho ni un gesto excluyente, sino un paso necesario para que todos, sin excepción, podamos vivir mejor.
Un espacio urbano construido con recuerdos
Cuando pensamos en el diseño de una ciudad solemos imaginar planos, edificios altos y redes de transporte. Javier Peña, sin embargo, pone el foco en otro lugar: la verdadera esencia del espacio urbano está en las experiencias que vivimos en él. «La arquitectura no puede ser ajena a cómo vivimos el espacio urbano, tiene mucho que ver con lo psicológico y la memoria», señala.
La ciudad es el escenario donde ocurre la vida: la esquina donde dimos nuestro primer beso, la plaza en la que jugábamos de pequeños o ese trayecto arbolado que recorremos cada día para ir al trabajo. Un buen diseño de espacios públicos debe ser capaz de alojar toda esa memoria emocional.
No se trata de inventar nada nuevo ni de imponer estructuras futuristas, sino de volver a los orígenes: entender la calle como un lugar de estancia, un lienzo donde cada persona puede darle usos libres sin la obligación de consumir ni de desplazarse a toda velocidad.
El impacto de la pandemia en nuestra visión de los espacios comunes
El confinamiento marcó un antes y un después en la relación con nuestro entorno. De un día para otro descubrimos que muchas viviendas eran espacios comprimidos, incapaces de cubrir todas nuestras necesidades físicas, sociales y emocionales. Y entendimos, de golpe, que las calles, los parques y las plazas son vitales.
Aquella urgencia por salir, respirar y reencontrarnos con los demás demostró que el diseño de espacios públicos no es una cuestión estética, sino de salud pública. Desde entonces, la demanda ciudadana para repensar la movilidad urbana, ganar terreno al coche y devolver las calles al peatón no ha dejado de crecer.
Hoy la sociedad pide entornos más confortables, con un ambiente climático más amable, que nos permitan algo tan básico como salir de casa y vivir en comunidad y al aire libre.
El barrio, el verdadero corazón de la ciudad
Las grandes avenidas y los monumentos definen la postal de una ciudad, pero la vida real late en los barrios. Peña defiende que la escala de la metrópolis a menudo nos supera, y que por eso el barrio se convierte en el refugio del ciudadano, el corazón y el pulmón del día a día. «Un barrio no se mide solo en kilómetros, sino hasta donde nos sentimos cómodos al deambular», explica.
Esta idea nos obliga a repensar dónde dibujamos las fronteras de nuestro hogar. Según Javier, «todo lo que hay entre nuestra casa y el colegio nos pertenece». Invitar al ciudadano a apropiarse de ese trayecto, a sentirlo suyo, es el primer paso para fomentar el civismo y el cuidado mutuo. Si sentimos que la plaza de la esquina es nuestra, la cuidaremos como si fuera el salón de casa. Así es como se construyen los barrios vivos.
La vida de barrio y la cercanía de los servicios básicos
Para que un barrio funcione como un ecosistema sano necesita proximidad. Las ciudades para las personas son aquellas en las que ir al colegio, al centro de salud o al mercado puede hacerse a pie, por calles amables y seguras. Una ciudad sostenible empieza precisamente ahí: en trayectos cortos que reducen la contaminación y el estrés, y que multiplican el roce social.
Cuando caminamos por nuestro barrio y compramos en el comercio de proximidad generamos lazos invisibles, pero muy difíciles de romper, con nuestro entorno. En esa escala local se forjan las relaciones de cercanía, algo esencial si queremos fomentar los buenos vecinos o la vida de barrio y combatir epidemias modernas como la soledad no deseada. Un espacio público bien diseñado es el mejor catalizador para que la comunidad florezca.
Creando puntos de encuentro a escala humana
Uno de los grandes errores del urbanismo moderno ha sido diseñar las ciudades pensando más en la durabilidad, el mantenimiento y la circulación de vehículos que en las personas que las habitan. Javier Peña defiende una arquitectura comprometida que recupere la escala humana, un diseño mucho más de «tú a tú»: calles y plazas que inviten a quedarse, a parar el reloj, a sentarse a la sombra de un árbol y a conversar sin prisa.
Los árboles, de hecho, demuestran que estos puntos de encuentro no surgen por casualidad. Su importancia va mucho más allá de lo ecológico: son creadores de refugios climáticos, espacios de sombra que en verano deciden si una plaza es un lugar habitable y compartible o un desierto de asfalto.
Mobiliario urbano: del banco público a la terraza comercial
En toda decisión de diseño hay una declaración de intenciones. Como apunta Peña, «en todo hay ideología, en la arquitectura también». Un ejemplo cotidiano es la pugna por el espacio entre el banco público y la terraza comercial:
- Instalar un banco público bajo un árbol fomenta el uso libre del espacio: cualquiera, sin importar su nivel de ingresos, puede sentarse a descansar, leer o socializar.
- Ceder ese mismo rincón en exclusiva a una terraza cambia el mensaje: el descanso y la socialización quedan condicionados al consumo.
Reivindicar el mobiliario urbano gratuito (bancos, fuentes, zonas de juego) es clave para que el espacio público siga siendo un bien común y no un privilegio.
Ciudades para la convivencia: urbanismo y democratización
A medida que las ciudades evolucionan aparecen nuevos conflictos entre lo público y lo privado. Uno de los más candentes es la tensión entre el turismo masivo y los vecinos residentes: el reparto del espacio urbano es finito, y cuando un barrio se vuelca únicamente en el visitante, el residente pierde arraigo y sentido de pertenencia.
Aquí es donde la figura del arquitecto y del urbanista adquiere un enorme valor social. La arquitectura no solo levanta muros: también media, traduce realidades y equilibra las necesidades de todos, apoyándose en la participación ciudadana para decidir cómo queremos habitar lo común.
El objetivo es diseñar espacios compartibles que rompan barreras. «Los espacios públicos son democratizadores, nos invitan a compartir de forma horizontal lo que nos falta en nuestras casas», sentencia Javier Peña. Esa manera de repensar cómo habitamos el mundo desde el compromiso y la equidad conecta directamente con otras miradas transformadoras sobre arquitectura, ecología y entorno.
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¿Qué es el diseño de espacios públicos a escala humana?
Es una forma de entender el urbanismo que prioriza las necesidades físicas y emocionales de los ciudadanos frente a infraestructuras invasivas como el tráfico rodado. Según el arquitecto Javier Peña, consiste en crear entornos confortables, caminables y dotados de un mobiliario urbano adecuado bancos públicos, sombra, zonas verdes, que favorezca la socialización, el descanso y el sentido de pertenencia, en lugar del mero tránsito rápido.
¿Por qué es importante recuperar la vida de barrio en las ciudades?
La vida de barrio funciona como el verdadero pulmón de la ciudad. Fomentar «ciudades de proximidad» permite que los ciudadanos tengan acceso cercano a servicios esenciales como colegios, centros de salud o comercios locales.
Esto no solo mejora la ergonomía diaria y reduce la huella de carbono, sino que crea vínculos emocionales y comunitarios mucho más fuertes entre los vecinos, combatiendo la soledad y la despersonalización urbana.
¿Cómo influye la arquitectura en la convivencia ciudadana?
La arquitectura y el urbanismo condicionan quién usa el espacio y cómo. Decisiones aparentemente menores como abrir los patios de los colegios al barrio fuera del horario lectivo, activar las plantas bajas con comercio en lugar de muros ciegos, iluminar bien un pasaje, determinan si una calle genera encuentro o inseguridad.
Un entorno diseñado para el uso libre y compartido facilita que personas de distintas edades, orígenes y niveles de renta coincidan en el mismo lugar, que es la base de cualquier convivencia real.
¿Qué impacto ha tenido la pandemia en el urbanismo actual?
Aceleró transformaciones que ya estaban en marcha. Modelos como la ciudad de los 15 minutos, popularizada por Carlos Moreno y adoptada por ciudades como París, o las supermanzanas de Barcelona ganaron respaldo social tras el confinamiento.
También se consolidaron medidas que nacieron como provisionales: terrazas sobre antiguas plazas de aparcamiento, carriles bici de emergencia o calles escolares cortadas al tráfico que muchos ayuntamientos han acabado haciendo permanentes.
¿Qué papel juega el turismo en el diseño de las ciudades?
El turismo compite con el residente por un recurso limitado: el espacio y la vivienda. Por eso cada vez más ciudades intervienen desde el diseño y la regulación: límites a los pisos turísticos como los aprobados en Barcelona o Ámsterdam, topes a la ocupación de terrazas en plazas históricas o protección del comercio de proximidad frente al monocultivo de tiendas de recuerdos. El reto no es rechazar al visitante, sino planificar para que el barrio siga siendo habitable para quien vive en él todo el año.